Apenas 4 meses antes de mudarse a otro plano de la realidad, Terence Mckenna dio una de sus últimas entrevistas. Se le notaba algo cansado, consecuencia del tumor que lo estaba consumiendo. Cansado, sí, pero extraordinariamente lúcido, creativo, y con la misma pasión de siempre por expresar sus ideas, esas que te abren la mente y la expanden, sin necesidad siquiera de apelar a ningún psicodélico.
Y es que Terence era ya, de por sí, psicodelia pura en sí mismo. Su voz parecía generar un influjo chamánico a todo su alrededor, ese poder único que le permitía, por ejemplo, mantener encendida la atención de todo un auditorio durante largas cuatro, cinco, seis o más horas en forma casi ininterrumpida.
Cansado, sí, pero sumamente consciente del paso trascendente que le esperaba, y sin perder en ningún momento ese sentido del humor tan característico en él, que asemejaba su actitud a la de todo un maestro zen.
Una vez, Tim Leary dijo, en un tan inesperado como inteligente arranque de “humildad”, que “Terence Mckenna era el verdadero Timothy Leary”.
Y es que sumergirse en el universo de Terence es un viaje de ida, de esos que inevitablemente están destinados a alterar para siempre la estructura de pensamiento y la cosmovisión de uno. Un “outsider” como pocos. Un maldito genio de esos que si los invitáis a entrar en tu vida, te la revolucionan.



















